LA BIBLIA DE BORGES – Exploradores del Aleph

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SESIÓN 4: EL ARCO DE BORGES

El arco de Borges (Parte I). Rosendo Juárez.

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El itinerario que nos propusimos en esta clase —y que seguirán siendo las venideras— es el de una evolución, un tránsito que Borges mismo trazó entre las orillas de dos épocas, dos Borges que se miran desde extremos opuestos del río de su propia narrativa. Hoy nos embarcamos en la exploración de un mismo personaje, de una misma trama, tejida por dos manos distintas: las del Borges de 1927 y las del Borges de 1970. Ambos relatos, “Hombre de la esquina rosada” y la “Historia de Rosendo Juárez”, nos ofrecen el escenario ideal para comenzar a vislumbrar el arco borgeano, ese trayecto que va desde el fervor juvenil hasta la madurez estilística y filosófica de uno de los más grandes narradores de todos los tiempos.

El primer Borges nos sorprende con una historia que pareciera escrita bajo el signo del coraje criollo, con las voces del arrabal porteño como un eco de cuchilleros, donde el compadrito se erige como héroe y la valentía se mide en el filo del acero. «Hombre de la esquina rosada» es una exaltación del culto al coraje, del barrio y de esa identidad que se reafirma en la pertenencia a una tierra y a un código de honor que, si bien parece propio de otro tiempo, Borges lo inmortaliza. Allí, el protagonista —o más bien el narrador— nos arrastra a su relato con una fanfarronería que apenas oculta sus intenciones. Se enfrenta a la aparición de Francisco Real, un forastero que llega a irrumpir en la vida del barrio, y sin más, el narrador se convierte en el verdugo silencioso de esta amenaza externa. Pero, ¿qué lo lleva a asesinarlo? ¿Es el deseo de quedarse con la lujanera o el orgullo herido de verse humillado por el corralero?

Borges, en su juventud, parece ofrecer una historia lineal: la del coraje, la del enfrentamiento entre el hombre del barrio y el intruso. Nos invita a compenetrarnos en un mundo en el que el valor se mide en acciones rápidas y definitivas, donde la historia no se cuestiona, sino que se consuma en el acto de la sangre derramada. Sin embargo, este mismo Borges, más tarde, desentrañará las sutilezas de su propia narrativa. Nos enfrentamos entonces a “Historia de Rosendo Juárez”, donde la voz del Borges maduro nos ofrece una nueva perspectiva sobre los mismos hechos, o mejor dicho, sobre las mismas sombras.

Es aquí donde el arco de Borges se nos revela. Rosendo Juárez, en este segundo relato, ya no es el antihéroe cobarde que conocimos en la esquina rosada, sino un hombre que ha decidido, conscientemente, no participar en la violencia. “Yo no soy de los que matan por matar,” parece decirnos con la mirada limpia de alguien que ha comprendido que el verdadero valor reside en elegir no mancharse las manos de sangre. La perspectiva ha cambiado, el narrador ya no es el fanfarrón, sino el propio Rosendo, quien en una especie de confesión íntima, nos desvela la verdad detrás de los mitos: él no huyó por miedo, sino por una profunda y silenciosa decisión moral.

Borges nos hace caminar en dos direcciones al mismo tiempo. Nos muestra cómo una misma historia puede ser reinterpretada bajo distintas luces, cómo el lenguaje y la narrativa crean realidades que, si bien no se contradicen, se entretejen para formar un tapiz mucho más complejo de lo que aparenta a simple vista. En “Hombre de la esquina rosada”, Borges nos secuestra, nos invita a despreciar a Rosendo por no enfrentarse a Francisco Real, nos hace cómplices de esa cultura donde el valor se mide en duelos. Pero en “Historia de Rosendo Juárez”, nos interpela de manera distinta: ¿Qué es el coraje, sino la capacidad de no participar en la violencia sin sentido? ¿Qué es la libertad, sino el derecho a elegir no actuar cuando todos esperan lo contrario?

Así, entramos de lleno en uno de los temas recurrentes en la obra de Borges: la libertad, o más bien, la ilusión de libertad. Si en el primer relato Rosendo parece un prisionero de las circunstancias, un hombre atrapado por el miedo, en el segundo nos encontramos con un hombre que, ejerciendo su libre albedrío, decide no matar, aunque el precio que paga es el exilio, la condena a abandonar su barrio, su gente, su identidad.

Es inevitable que nos preguntemos si Borges, en su madurez, no se estaba hablando a sí mismo a través de Rosendo Juárez, un Borges que, tras haber transitado los senderos de la juventud, llega a la comprensión de que no todo combate vale la pena, que la verdadera valentía quizás reside en saber cuándo retirarse. Y aquí, entonces, llegamos a una reflexión que atraviesa toda la obra de Borges: la interpelación constante a nuestras ideas preconcebidas sobre el tiempo, la identidad y la libertad. Los paraísos perdidos de los que tanto habló no son otra cosa que esos momentos en los que, al mirar atrás, comprendemos que tal vez ya estábamos en el paraíso, pero no fuimos capaces de verlo.

Borges, en su constante búsqueda de la esencialidad, nos ofrece en estos dos relatos un reflejo de su propio viaje como escritor y como ser humano. Si en su juventud el lenguaje se desborda en una explosión de adjetivos, en su madurez se va refinando hasta alcanzar lo que él mismo llamaría “la complejidad de lo sencillo”. El arco de Borges es, en última instancia, un viaje hacia la comprensión de lo invisible, de lo que permanece oculto bajo la superficie de las palabras y las acciones, un viaje hacia el reconocimiento de que la libertad no siempre es la capacidad de elegir, sino la sabiduría para saber cuándo no hacerlo.

Así, dejamos esta clase con una pregunta abierta, como todas las que Borges nos lanza desde las páginas de sus relatos: ¿Cuántas veces hemos sido Rosendo Juárez, sin darnos cuenta? ¿Cuántas veces hemos estado ciegos ante las múltiples realidades que se despliegan ante nosotros, aferrados a una sola interpretación de los hechos? Quizás, como Borges, debamos aprender a ver más allá de lo evidente, a reconocer que la verdad, como el tiempo, es una construcción que depende de quién la narra y desde dónde la mira.

Me encantaría saber qué inquietudes o reflexiones te ha generado esta clase. Por favor, déjame tu comentario a continuación; será un placer leerte y responderte..

2 respuestas a «El arco de Borges (Parte I). Rosendo Juárez.»

  1. Avatar de Adela Sáenz Cavia
    Adela Sáenz Cavia

    Recién poniendome al día, ayer leí la historia de Rosendo Juarez. Me recordó un libro que amo: Patria, de Aramburu. Tal vez te preguntes que tiene ver. Pero creo que mucho. Es la forma de narrar conectando con la empatía. Con la empatía hacia todos, absolutamente todos, los personajes. Leer la historia de Rosendo me generó una perspectiva preciosa. Lo compleja que son las vidas, lo vulnerables y lo poco que sabemos de ellas y aún así juzgamos apresuradamente…
    Creo que, para empatizar emocionalmente hace falta conectar con nuestra vulnerabilidad más profunda. Y eso hace Rosendo (y Borges) al contarnos este costado de la vida de este personaje que, hasta ahora considerabamos cobarde y ahora, al menos yo, considero el más valiente de todos.

    1. Avatar de info@cursopedias.com

      ¡Qué linda conexión hiciste! «Patria» también me impactó por esa capacidad de acercarnos a la intimidad y las heridas de cada personaje, como lo hace Borges con Rosendo. Coincido completamente en que la empatía se construye a partir de esa vulnerabilidad compartida. Me encanta que hayas encontrado esa nueva mirada sobre Rosendo: es como si Borges nos desafiara a ver más allá de la superficie, a mirar incluso al «cobarde» con ojos renovados y descubrir una valentía que, quizás, nos habla más de nosotros que de él. ¡Gracias por compartirlo, Adela!

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